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Por trece razones
Por trece razones

Publicado en El blog de la opinión de málaga 23/05/09

Acabo de leer una novela de las que hacen pensar. Es original, tiene una sugerente estructura y está bien escrita pero, sobre todo, hace pensar. Se titula “Por trece razones”. Es opera prima de Jay Asher, un maestro de escuela, bibliotecario y vendedor de libros. Cuenta el autor que la idea de escribir esta obra le vino mientras escuchaba una voz femenina que relataba lo que estaba viendo en un museo sin la necesidad de estar físicamente presente.
La historia, sucintamente, es la siguiente. Clay Jensen es un adolescente que, un buen día, recibe una misteriosa caja sin remitente dirigida a su nombre. La caja contiene siete cintas grabadas que, al parecer, le envía Hannah Baker, una compañera de clase que no hace ni dos semanas que se ha suicidado. Clay escucha en las cintas el relato que hace Hannah de las trece razones que le llevaron a quitarse la vida. A través de la voz de su compañera descubrirá que él es una de las trece personas escogidas por ella para escuchar lo que le sucedió hasta llegar a la terrible decisión de acabar con su vida.

Clay se irá obsesionando con las grabaciones y hasta recorrerá la ciudad con la ayuda de un mapa que ella misma le ha proporcionado. El mapa conduce a los escenarios en los que ella vivió las decepcionantes experiencias que acabaron por hundirla en la desesperación y en el vacío. Hannah va explicando poco a poco su vida a través de lo sucedido con sus trece compañeros/compañeras y un profesor que es precisamente su orientador e irá mostrando las consecuencias que han tenido sus acciones y sus omisiones. El primer beso que se da con un chico y que éste, por alardear y fanfarronear, convierte en una burla, una lista de nombres en la que ella aparece en primer lugar por tener “el mejor culo de primero”, unas fotos realizadas por un compañero voyeur en la ventana de su casa, la falta de respeto de unos tocamientos indeseados y el colmo de una triste violación… llevan a la protagonista a un final sin retorno.

“Nadie sabe con seguridad el impacto que tiene sobre la vida de los demás. A menudo no tenemos ni idea. Y aún así, hacemos las cosas exactamente igual”, dice la protagonista en una de sus grabaciones.

El hecho de que sea una chica la protagonista confiere a la novela un especial valor. Porque son las mujeres quienes más sufren la violencia de género. No digo que los chicos no sufran, ni que no sean ellos las víctimas de algunas situaciones de violencia. Pero, en general, ahora y durante siglos, las mujeres han sido las víctimas por el simple y principal motivo de ser mujeres.

“Por trece motivos” es una novela que nos habla de la responsabilidad. De esa dimensión de nuestro ser que nos hace capaces de responder de nuestros actos y de nuestras omisiones. Lo que hacemos y lo que dejamos de hacer tienen influencia, grande o pequeña, en las personas con quienes nos relacionamos. No todas las consecuencias son previsibles, pero muchas de ellas sí. No todas son graves, pero algunas sí.

No se puede ir por la vida actuando de manera irresponsable. Como si fuéramos estúpidos o inconscientes. O, lo que es peor, como si no tuviéramos conciencia de lo que es el bien y lo que es el mal. No se puede actuar como si aquellos o aquellas con quienes nos relacionamos no tuviesen sentimientos y emociones. Como si no les afectase absolutamente aquello que decimos, hacemos o dejamos de hacer. La irresponsabilidad es, etimológicamente, la incapacidad de dar respuesta de los propios actos. Psicológicamente está asociada a la inmadurez o a la deficiencia mental.

En su libro “La tentación de la inocencia”, dice Pascal Bruckner: “Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes. Se expande en dos direcciones, el infantilismo y la victimación, dos maneras de huir de la dificultad de ser, dos estrategias de irresponsabilidad bienaventurada”.

Pienso que la educación es precisamente el aprendizaje de la responsabilidad. La persona va madurando a través del pensamiento y de la acción responsable. El aprendizaje de la responsabilidad sólo puede hacerse a través del ejercicio de la libertad. No es cierto que hasta que no seamos responsables no podemos ser libres. Lo cierto es precisamente lo contrario. Por eso hay que educar en la libertad. Ir gozando de cotas cada vez mayores de libertad que, bien utilizadas, irán haciendo a las personas más responsables de sus actos y de sus omisiones. La educación es una tarea que pide cuentas a los educandos. Porque no vale todo.

Hay inmaduros perpetuos. Niños eternos. Adolescentes que no acaban de crecer. El niño se come la tarta y patalea porque la tarta ya no está. El adolescente piensa que le traerán la tarta en bandeja sin esforzarse. La persona adulta, por el contrario, sabe que, si se come la tarta, desaparecerá y que si quiere comer una tarta tendrá que trabajar para conseguirlo.

La responsabilidad nos hace ver que tenemos que responder por todo aquello que hacemos o dejamos de hacer. Sin excusas. Sin pretextos. Sin demoras. Sin echar la culpa a nadie. “Lo propio de esta época bendita es la despreocupación, el hecho de no tener que responder de nada, puesto que una autoridad tutelar nos cobija bajo su ala y nos protege”, dice Bruckner. La falta de responsabilidad arruina la vida de la persona y de quienes tienen relación con ella. Es muy sabio el pensamiento de Confucio: “Decir: ¿qué importa?, es la puerta de la desgracia”.

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Ficha del libro

Por trece razones
Jay Asher

Categoría: Narrativa
Número de páginas: 224
PVP: 14.00 €

 
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